Lista para marcharme

En plena semana de huelga terminé esta etapa de residente. En mi caso han sido cinco años por prórroga al haber tenido a mi hijo.

Mi paso por la residencia ha sido muy anárquico por temas familiares, pero también a nivel organizativo (3 tutores: jubilaciones, traslados y oposiciones). Cinco años disfrutones pese a todo.

He aprendido muchísimo de medicina, pero también de mí misma. El porqué unas patologías o una tipología de paciente me gusta más que otro es una cuestión de personalidad, perspectiva y trauma complejo. Lo que espero de mi acto médico es mucho más profundo que simplemente resolver. Poder dar nombre a esto me ha costado, saber por qué de repente pasé de odiar la patología urgente o emergente a solo querer desear que ocurriera.

El destrozo que supuso la maternidad no solo a nivel físico, sino a nivel contextual, lo comenzó todo. Hubo una especie de mudanza interna, donde tuve que recolocar ideas para poder hacer hueco a lo demás. Reconfigurar una vida donde ya no eres protagonista; tu nuevo compañero totalmente dependiente comienza a ser el frontman. Quise que el tiempo que le robaba a mi hijo tuviera una transcendencia. También, ese tiempo se hizo cada vez más pequeño y tenía que priorizar qué quería estudiar y, sobre todo, cómo quería trabajar.

Fui consciente del miedo y de mis limitaciones. La primera vez que vi a un niño de escasos meses con pronóstico terrible o cómo me bloqueé cuando una madre lloraba al atender a su hijo en un box de críticos, supe que por respeto a mi hijo y a esa madre —que de alguna manera también podría ser yo— no podía permitirme que esto ocurriera.

En aquel momento también comencé a leer la biblia del criptobro intelectual, Antifrágil de Nassim Taleb. Mi historia vital, de alguna manera, había hecho que exponerme a estresores continuos, no deseables, me transformara en hiperfuncional y muy efectiva, con alta capacidad de manejo en situación de caos. Quería que a nivel del trabajo, esto fuera también así. Exponerme al desorden y al estrés haría que poco a poco me temblara menos la mano en la situación más terrible que pudiera imaginar. Por eso, quise exponerme a lo que más miedo me daba: tomar una decisión vital pudiendo equivocarme sin poder consultar. Me interesé por el paciente crítico porque, si salía airosa de una situación así, si aprendía a manejarlo con menos recursos, con medios de fortuna y personas fuera de mi ámbito podría enfrentarme a cualquier cosa.

Quería que lo malo que me hubiera pasado se tradujera en un bien para los demás.

Hice varios cursos de urgencias y emergencias, simulaciones, me puse más guardias en el ámbito que hasta ahora no me había gustado. Y se obró la magia. Comencé a sentirme tranquila en las situaciones donde antes sudaba. Sentía verdadera satisfacción al poder ser teórica y muy práctica, cada día algo mejor que el anterior.

Hay también una cosa extrañamente bella al asomarte a lo peor que una persona puede experimentar. El voyeurismo, ser ese punto de inflexión en el día más traumático de alguien, aliviar el dolor y sentir la pérdida como tuya… Es una puerta a la esencia humana: los fluidos corporales, los gritos guturales, el comportamiento repetitivo de una persona shockada y traumatizada. Que te culpen, que te empujen porque necesiten externalizar su rabia, que te abracen o besen… Es inexplicablemente reconfortante aunque puede sonar extraño para alguien que no lo haya vivido. Porque esa es otra cosa que no te enseñan: nadie sale intacto de esto. Ni de la residencia, ni de la maternidad, ni de ver morir a alguien, ni de equivocarte fatalmente. Lo único que puedes elegir es qué hacer con esto.

La incomodidad como brújula es una opción. Cada cosa que remueve proporciona una pista. No siempre es agradable o fácil, pero sí útil. Aceptar que no todo lo que duele se ha de evitar. Sé que sería más fácil y cómodo, pero mucho más aburrido e intranscendente.

Cuando ya por fin decidí que la urgencia sería mi camino, mucho más complejo emocionalmente u organizativo a nivel familiar, me preguntaron por qué no quedarme en un Centro de Salud.

Realmente sería lo más sencillo, pero creo que tal y cómo es mi proceso interno en estos momentos, me moriría de rabia. No tolero que me ninguneen, que mi trabajo no valga igual que el del resto, que continuamente se me repita a nivel administrativo y desde las gerencias que trabajamos poco y mal. Mi sensación, en cambio, es que cada vez trabajamos más y peor porque no nos dejan hacer. Además, ¿cómo soportar la sensación de que el esfuerzo invertido no siempre se traduce en reconocimiento real?

No tengo una respuesta elegante a eso.

Supongo que hay una parte de orgullo, otra de identidad profesional y otra, más incómoda: de la necesidad de sentir que lo que hago importa de verdad. No en abstracto, no en discursos institucionales donde se repite «somos el pilar del sistema», sino en el momento concreto en el que alguien te necesita y tu acto marca la diferencia.

En Atención Primaria el reconocimiento —interno y externo— es distinto. Más difuso, lento e ingrato en muchas ocasiones. Y sí que afirmo sin titubear que es el trabajo más importante y necesario de todo el Sistema Nacional de Salud. Pero ahora mismo, siendo honesta, no es donde yo puedo sostenerme.

También hay algo que no quiero volver a experimentar: dejar de cuestionar cosas porque no cambia nada. De normalizar lo mediocre. Que un curso online financiado por una farmacéutica sobre un iSGLT2 pueda valer lo mismo que un fin de semana pagado de tu bolsillo de simulación clínica avanzada.

Creo que también forma parte de la honestidad profesional aceptar que no todos valemos para todo en todos los momentos de nuestra vida. Elegir un camino no es despreciar otro, sino reconocer dónde puedes dar lo mejor de ti en este punto concreto.

No descarto cambiar de opinión. Probablemente en algún momento volveré a asomarme a esta puerta, pero me gustaría hacerlo desde otro lugar.

Termino con la sensación de no haber llegado a ningún sitio en concreto. Con más preguntas que nunca. Totalmente sabedora de todo lo que me falta por saber. Con más criterio, algo más de confianza y menos ingenuidad.

No estoy preparada para empezar, pero ya no necesito estarlo tanto.

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Soy Adriana

Médica residente de 4º año de la especialidad más bonita y completa: Medicina Familiar y Comunitaria.

Madre de un niño terremoto.

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