No pasa nada, no es para tanto

Trabajar con personas siempre es el escenario perfecto para que pasen cosas: algunas muy buenas, otras pueden llegar a ser muy malas.

Las buenas tendemos a aceptarlas, a no darle la importancia suficiente: el pequeño milagro que supone que alguien agradezca sinceramente tu trato o te felicite. Las malas, en cambio, tienen el poder de cincelarte una versión menos bella y pura de la inicial.

En el entorno sanitario es bastante común exponerse a gritos, ridiculización y malas maneras. No sé si son causa o consecuencia de los ambientes tensos que se respiran tras tantas horas de trabajo, una llamada al busca, una petición de una prueba o la presión de decidir algo que está a tu cargo. Es un patio de colegio más tecnificado pero donde se repiten las mismas dinámicas. El grito y el portazo es un recurso bastante utilizado.

Hay ciertos servicios que aceptan con toda naturalidad que alguien salga llorando de una consulta, que compañeros y compañeras se griten o se menosprecie e infravalore el dolor o el motivo de alguien que consulta. Esto va forjando una idea de cómo ser para que los demás no te traten así.

En mi caso, me han hecho llorar algunas veces. Entiendo que la sensibilidad personal es variada, pero creo que en estos casos no eran situaciones agradables y que me descargué de esta manera en lugar de escalar en violencia.

Se me quedó marcada una escena banal. Como recién R1 desconocía las diferentes sondas vesicales y una auxiliar hizo burla delante de sus compañeras. Me encerré en la consulta, me aguanté las lágrimas y cuando elaboré mi discurso para que no se me quebrara la voz, salí. Le dije, delante de las mismas personas con las que había hecho mofa, que yo no le había hablado mal en ningún momento y que estaba aquí para aprender, incluso de ellas. Le cambió la cara y entendió que me había sentado mal. Probablemente, y esto es lo más triste, no lo hizo con mala intención. Pero era lo normal, porque nunca pasa nada. Vamos actuando y hablando como si las palabras fueran únicamente nuestras, normalizando que en estos sitios las cosas se dicen y se hacen así.

No ha sido la excepción. Poco a poco he ido gestionando mejor cómo me afectan, repitiéndome «no pasa nada, no es para tanto». Cuando intentas comunicarte asertivamente quieres que los demás hagan lo mismo contigo. No debería ser habitual aceptar que alguien (y aquí encuentro desde administrativos hasta otros médicos) te falte el respeto.

En estos entornos, además, no hay apenas espacio para la duda o la equivocación. Todos nos equivocamos, y a veces esos errores pueden ser graves. Asumirlo es el primer paso para buscar estrategias que palien fatales desenlaces. Eso no te hace peor profesional, te hace humana. Por eso, una de las cosas que quiero asumir sin dañarme ni dañar a los demás, es que volverá a ocurrir. Quiero llegar a ser esa persona que da la mano y ayuda a resolverlo. La razón no es corporativismo, sino porque tras un error hay varias víctimas: paciente y profesional.

Otra escena que recuerdo es la de un adjunto de otra especialidad. Me dijo de la manera más vulnerable posible, dando a entender que a él le había ocurrido, que no hay que ridiculizar a otro compañero por errar. Esta misma frase, con otras palabras y connotaciones me la repitieron en mi última guardia. Creo que fue un ejercicio de apertura emocional muy sincera. Una señal de que todos pasaremos por ahí en algún momento. Por sí solo equivocarte provoca una sensación horrible. Que se haga público, y pasar por la crítica de tus propios compañeros, multiplica dicho daño. Porque el más listo siempre es el último. Darle valor a todo lo ocurrido previamente, que se ha hecho o descartado, no suele ser especialmente la norma.

Equivocarme no es una fantasía a la que temo; ha ocurrido. Cuando provoqué una anafilaxia a una paciente, si mi adjunta de aquel momento no hubiera venido y de forma muy sutil no me hubiera ayudado, creo que mi línea vital hubiera sido muy distinta estos últimos años. Sacamos esta situación aunque estaba aterrada. Aquella lección de comprensión fue muy importante y algo que agradezco.

Para poder aguantar sin romperte ni volverte una cínica hay que hacer un ejercicio profundo para decidir cómo ser, qué normalizar y qué no. No es inocuo que te hablen mal. No es neutro que alguien aprenda a base de miedo o de vergüenza. Me niego a que sea el precio a pagar por trabajar aquí, como si endurecerse fuera sinónimo de mejor profesional.

He aprendido de muchas personas que admiro que hay que ser paciente, que se puede confrontar sin herir, que lo más difícil es actuar y colocarse al lado de alguien cuando falla. Se corrige sin humillar. Entender que el error no necesita más castigo que el propio peso que ya tiene. Quizá no podamos cambiar que nos hablen mal, ni evitar que vuelva a ocurrir, pero sí podemos elegir no reproducirlo.

Porque al final, lo que se queda no son solo los diagnósticos acertados o los procedimientos bien hechos. Cómo hacemos sentir a los demás y cómo nos comunicamos es la sensación que perdura en el tiempo.

Aunque a veces intentemos convencernos de lo contrario, sí pasa y sí es para tanto.

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Soy Adriana

Médica de Urgencias.

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.

Madre de un niño terremoto.

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@cubobinski