
He tenido migrañas desde pequeña pero he sido consciente ya de adulta. No recuerdo tomar ibuprofeno o paracetamol más allá de un par de veces; al menos eso consigo evocar desde el inicio de la consciencia infantil. He pasado muchas noches apretándome el ojo y la parte frontal donde siempre se reproducía aquel dolor pulsátil y nauseoso que me desactivaba. Mis padres no creían que tenía un dolor tan fuerte, por lo que dejé de decírselo y directamente me recluía en mi cuarto hasta que se me pasara. Igualmente me ha ocurrido con cuadros gastrointestinales y otro tipo de cosas menores. He tendido a no exteriorizar y normalizar muchos síntomas hasta banalizarlos porque sentía que no eran validados por quien me cuidaba.
Ese tipo de aprendizaje vicario creo que ha hecho que sea algo escéptica al dolor del otro, que minimice la experiencia ajena y en definitiva, me cueste creer ciertas demandas. No me gusta admitirlo porque es algo en lo que trabajo desde hace años y me hace vulnerable y una persona menos buena de lo que querría ser. En cambio, en los niños, desde que soy madre, soy más sensible a su malestar, me revuelve algo muy primitivo cuando los veo llorar o tienen mal aspecto. Lo vivo todo desde la posibilidad de que mi hijo sea la persona que esté atendiendo y no calmar a un niño me duele emocionalmente.
Abro mi primera entrada, mi primer contacto desde esta web —aunque llevo ya años en internet compartiendo muchas cosas— porque quiero transmitir que no es un impedimento si se es consciente de donde surge y que no creer también es una elección.
Todo viene porque el proceso diagnóstico tiene su base en la confianza y la escucha —y la vista, el tacto, el olor, etc.—. Encasillar la sintomatología (subjetiva) y los signos (objetivos) que presenta una persona en un síndrome compatible comienza por realmente creer sin excusas y saber leer qué nos está transmitiendo con ello. También viene de la exploración, a veces también con su puntillita tan explorador-dependiente, poco reproducible y cambiante según quien te valore, los conocimientos y experiencia de su mochila. Y aun así, muchas veces pese a tener las mismas piezas, montamos figuras totalmente distintas.
La medicina es un arte, no una ciencia exacta, porque hay tantas expresiones de una misma patología como personas que la padezcan, con sus variables independientes y contextos socioculturales distintos. Al final, nos manejamos entre probabilidades pre-test, nuestras grandes y demasiado sobredemandadas pruebas complementarias que a veces nos nublan la vista como el GPS que nos indica meternos con el coche en una calle escalonada…. Y finalmente, también está nuestro maravilloso ojo clínico, que como todo, se entrena como cualquier sistema de pensamiento tipo 1 que describía Kahneman
Pero, para llegar a ese proceso inferencial, tenemos que decidir creer.
La mítica serie House tenía como lema «todos los pacientes mienten», exponiendo continuamente casos complicadísimos sobre patologías en los que de forma más o menos deliberada, varios pacientes ocultaban o exageraban cierta información, dificultando un proceso que parecía algo más propiedad del médico que le atendía que de la propia persona solicitante de ayuda. Partir de esa idea tan equivocada y poco ética en la que el médico o médica es una especie de detective del cuerpo y psique, cuya labor es llegar a un final diagnóstico certero, único y objetivo cuyo gran impedimento es la propia persona, es como menos, horrible de imaginar.
La práctica real, lo que es una consulta diaria desde Atención Primaria o la Urgencia Hospitalaria es radicalmente distinta, cada vez más orientada a la valoración holística de las necesidades de una persona independientemente de la enfermedad que motive su consulta.
Porque eso es así…
¿Seguro?
Sé que no, porque yo a veces no me acabo de creer lo que veo, escucho o atiendo.
Estuve en una charla del congreso SEMES 2025 sobre cómo manejamos el dolor de nuestros pacientes, cómo no nos creemos sus quejas y sus ansiedades. Infratratamos el dolor de forma generalizada, banalizamos aquellos síntomas subjetivos bajo el pretexto de que es algo difícil de medir, tan dependiente de factores psicológicos y culturales —¡como si todo no dependiera del contexto en el que habitamos!— y, por tanto, nos quedamos cortos en los analgésicos asociados e incluso hacemos ciertas intervenciones sin una sedación o analgesia asociada por una cuestión también a tener en cuenta: poco tiempo para atender estas demandas, escasa formación en analgesia mayor en población pediátrica o miedo a no saber atender las complicaciones derivadas de ellas. Me dejó un malestar que todavía no se ha diluido, porque no tratamos porque no creemos y por tanto, a veces de forma indirecta, la persona se siente humillada. Humillada porque no estamos en una situación de igual a igual, sino que alguien, por encima de ella, valida que lo que siente es algo real y digno de ser atendido.
Durante estos años de residencia he modificado muchísimo mi forma de acercarme al sufrimiento del otro y a su demanda, a elegir creer lo que me cuentan y validar que, aunque no sepa o llegue a una conclusión exacta de su razón de sufrimiento, creo lo que le ocurre y no le digo aquellas palabras tan feas y desagradables «no te pasa nada».
Tener la suerte de acompañar a muchos médicos y médicas en su día a día te hace testigo de prácticas que consideras algo increíble, a desear ser así, pero también a copiar esos malos modos, la desidia y el (mal)trato al paciente. El maravilloso currículum oculto que tanto me obsesiona.
Cuando una se pasa verbalizando 8 horas al día, 5 días a la semana, que la gente no aguanta, viene por gilipolleces a consulta o que exagera, acaba creyéndoselo y transmitiendo su punto de vista a todo su círculo, porque es un mensaje que cala. Como residentes de medicina, cuyo escaso contacto con el sector se inicia de esta manera, hace que realmente creas que gran parte de la población es así y no una minúscula muestra de las atenciones. Comprendo también el burnout, la dificultad para empatizar cuando llevas 16 horas a tus espaldas, sobre todo cuando lleva incluido el fallecimiento de un paciente… Pero hay una parte electiva que al menos a mí, me hace reconectar con lo que hago.
Yo decido creer en lo que me cuentan y actuar en base a ello. Es algo que intento transmitir a residentes más pequeños que yo, en que las pruebas complementarias son un accesorio diagnóstico pero que si el dolor no se pasa, si la disnea no tiene repercusión gasométrica, ponle mimo a esa anamnesis y exploración. A veces no es algo que puedas resolver desde tu consulta en ese mismo momento, pero sí ha de hacerse en la mayoría de los casos un plan de actuación. Y sobre todo, ser amable y darle a entender que te crees lo que le ocurre. Al final, con lo que nos quedamos cuando estamos al otro lado de la mesa es el interés con el que se nos trata.
Aclaro que creer no significa sobretratar o sobrediagnosticar, es saber también dónde no hay que ahondar más. Qué pruebas no tienen sentido, qué procedimientos no van a ser útiles.
Soy consciente de que he cometido errores y los seguiré cometiendo, porque nadie en este campo tiene un margen de error cero, pero en la parte que puedo controlar, que es la de creerme a mis pacientes, decido diariamente que no será aquí donde vaya a errar.





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