Mi trabajo final de residencia me dio más dolores de cabeza de los que esperaba. No tanto por la carga de trabajo como por algo más básico: no encontraba un tema que realmente me interesara y tampoco tenía tiempo para diseñar un estudio ambicioso.
Acabé escribiendo sobre medicina tradicional —también llamada medicina popular, etnomedicina o folk-medicina—.
«Conjunto de saberes, creencias y prácticas de base cultural utilizadas para prevenir, diagnosticar y tratar enfermedades«
En la Ribera Alta estas prácticas no son marginales ni anecdóticas; la medicina tradicional convive con la práctica científica-convencional con bastante naturalidad. No hay que reducirla a un estrato socioeconómico inferior, sino que son el resultado de la asimilación de elementos procedentes de las culturas que han convivido a lo largo de la historia. Los curanderos y la medicina popular han perdido importancia social, hay ciertas patologías que ya solamente se resuelven por la práctica médica científica. Los cuadros psicosomáticos, difusos, no bien resueltos por la medicina científica actual pasan a mano de otras figuras alternativas.
En la tradición cultural aparece la idea de “gracia” o “don”. No son propiamente efecto de Dios, sino expresión de Dios mediante la persona con hechos y acontecimientos. Dicho don tiene determinado fin: el bien y ejercer la caridad mediante la sanación gratuitamente. La mayoría de los curanderos anteriores recibían la voluntad, aunque por lo que me comentaron algunos pacientes algunos sí tienen un precio establecido.
La “gracia” a veces va unida a ciertos acontecimientos determinados, como ser el quinto hijo varón de una familia, nacer en Nochebuena, llorar en el vientre materno, nacer con zurrón (parto velado), etc. La gracia se “sabe” o “se intuye”, no se transmite ni se enseña, aunque ciertos curanderos sí que explican que se puede adquirir, por ejemplo, con la transmisión de conocimientos y oraciones por parte de una persona con poderes un Jueves o Viernes Santo. Cierto es que algunas técnicas sí que precisan un tiempo de periodo de aprendizaje.
La práctica más conocida en la zona donde he trabajado es passar la llista, también llamada la parà o l’enfit. Es una práctica a medio camino entre la sobada, el rezo y el objeto simbólico. Es realizada casi siempre por mujeres del pueblo, que no cobran, no tienen formación sanitaria formal y, sin embargo, tampoco encajan del todo en la etiqueta de “curanderas”. Esta práctica, narrada desde los usuarios, se utiliza ante los síntomas de «indigestión»: náuseas, dolor abdominal, falta de apetito o pesadez gástrica. Consiste en un procedimiento curativo donde mediante un rezo —que solamente se transmite el jueves santo— y la medición de la distancia de la muñeca al codo o del torso al punto donde se nota el bolo alimentario “parado”, la persona se deshace de dicha indigestión.
En el pueblo donde pasaba consulta era algo frecuente, igual que otras prácticas similares. Empecé observándolo con curiosidad, pero terminé planteando un pequeño estudio descriptivo. No pretendía demostrar nada —entre otras cosas porque metodológicamente era complicado y tampoco tenía las ganas ni el tiempo de ponerme a ello—, sino simplemente mirar con algo de orden lo que ya estaba ocurriendo en las casas de mis pacientes. El reconocimiento, documentación y análisis de estas prácticas puede servirnos para comprender el contexto biopsicosocial del paciente y facilitar una atención más respetuosa e individualizada. Además, es una forma de recoger la historia viva de nuestras zonas rurales.
Encuesté a 61 pacientes. El 88% de estos combinaba dichas prácticas. No era un fenómeno exclusivo de personas mayores: encontré un rango de edad desde los 23 años hasta los 91 años
Más allá de la parà, aparecían recursos como el uso del corcho para el vértigo o los rezos para eliminar verrugas. La utilización de plantas era bastante común también mediante infusiones, cataplasmas o vahos. Nada especialmente sofisticado, pero sí consistente y compartido.
Lo que me resultó más interesante no fue tanto qué hacían, sino qué decían sobre ello. Cuando preguntaba si lo habían comentado con su médico, muchos reconocían que no. Algunos por vergüenza. Otros porque en alguna ocasión se habían sentido ridiculizados.
Ahí es donde me dio lástima encontrar ciertas respuestas. Como médicas, no solo diagnosticamos o tratamos: también legitimamos —o deslegitimamos— formas de entender la enfermedad y esto tiene consecuencias. Parte del saber popular, aunque no tenga evidencia científica (a veces por desinterés, otras por la dificultad real de estudiarlo), se descarta de forma automática. No hablo de sustituir tratamientos eficaces por pseudoterapias. Hablo de algo más sutil: la necesidad de las personas de construir sentido y cierto control sobre lo que les pasa y que su proceso de autocuidado se reconozca.
Ignorar o ridiculizar estas prácticas no las hace desaparecer. Lo que sí hace es empujar a los pacientes a vivir esa parte de su experiencia al margen del sistema sanitario. Probablemente eso sea más problemático que la práctica en sí. La dimensión cultural de la enfermedad —cómo se nombra, cómo se interpreta, cómo se vive— a veces pesa más que el propio acto médico. Al final, lo que queda no es solo si el síntoma se resolvió, sino cómo se sintió uno en el proceso.
Este año en Atención Primaria recuerdo a una paciente que vino por un cuadro inespecífico totalmente ajeno a esta anécdota. En medio de la anamnesis, me preguntó:
“¿Serà tot vellea?” (¿Será todo vejez?)
Le dije que había una parte que probablemente estaba relacionado con la edad. Entonces me enseñó los brazos y dijo: “Ay, es que ya son 87 años, estoy llena de floretes del cementeri”.

Imagen perteneciente a Dra. Lorea Bagazgoitia (extraída de su web)

No había oído nunca esa expresión. Me sorprendió por la preciosidad y lo visual de aquella metáfora. En una frase había una interpretación del cuerpo, del paso del tiempo y de la enfermedad que ningún manual de dermatología recogía. Me reí cuando me explicó que el léntigo senil en las manos recordaba a las malvas que crecen alrededor de las tumbas, como recordatorio de que una está cerca de ese momento.
Realmente no era algo clínicamente relevante pero sí que pude abordar su preocupación por una sintomatología nueva. No era únicamente orientar un diagnóstico, sino en algo más difícil de medir: la forma en que una persona entiende su cuerpo, su envejecimiento y su lugar en el mundo.
Quizás en ese acompañamiento tan humano de la Atención Primaria que nos brinda la práctica en zona rural podamos atender sin tratar. Abordar las expectativas, los significados, las creencias y las formas de nombrar lo que ocurre aportan una experiencia plena como usuario.





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