Bienvenidas a la jungla

Es junio y comienza la peor época del año para los trabajadores de la sanidad: calendario de verano. No sustituyen, te toca la quincena o el mes por sorteo —independientemente de si tienes cargas familiares o no— y para poder irte, tienes que asumir el trabajo de tus compañeros con unas dotaciones ya tensadas al límite. ¡Con el plus del aumento de demanda asistencial! Unos verdaderos Juegos del Hambre.

A pesar del infernal panorama del verano, hay una cosa que sí me hace ilusión: la entrada de nuevos residentes.

En el hospital donde trabajo no tenemos todavía residentes en urgencias aunque sí una gran cantidad de residentes de Medicina Familiar y Comunitaria, como fui yo hasta hace no mucho. Entre todos ellos habrá muchos que odiarán profundamente las urgencias y otros que las disfrutarán. Gente que habrá trabajado previamente, extracomunitarios con una formación diferente, pero también la inocencia de aquellos que nunca han sido médicos asistenciales todavía.

Los nuevos comienzos son difíciles pero apasionantes. Aunque en sanidad, en general, siempre estás empezando porque la estabilidad laboral no es un punto fuerte de nuestra profesión.

La residencia es una época que puede ser extremadamente demandante a nivel mental y físico. No es baladí la adaptación del cuerpo a las jornadas infumables de 24 horas. Digamos que se hace callo. Tampoco es fácil ser nueva en un entorno rápido y a veces demasiado insensible, aprender los códigos de conducta, los circuitos de atención y tratar a la gente como tú crees que se ha de tratar. Todo desde el principio de la escalera, todavía consciente de lo poco que sabes y lo tanto que desconoces. Algo que tenemos que repetirnos día a día, porque no hay nada más peligroso que una persona que cree que todo lo hace bien.

Es el momento ideal de preguntarse cómo quieres ser pero, sobre todo, cómo no quieres ser. Hay muchísima gente quemada a la que se la sopla todo. El trabajo es solamente un medio, no un propósito. No comparto esa idea —de momento, ya veremos si la mecha también se quema—. Vivimos habitualmente los peores días y momentos de muchas personas y transitarlo es complejo, porque hay que saber cómo decir, cómo tocar y cuando callar.

Aceptar también que las cosas no salen bien es un trabajo complejo que cada uno debe ir haciendo en su casa. Puedes hacerlo todo perfecto y que tu paciente se desmoche. Que el error sea una cuestión administrativa o social. No podemos arreglarlo todo; eso es lo que más cuesta. Transitar desde el idealismo del médico-todo-lo-cura a la realidad compleja de nuestros centros de salud y hospitales: pacientes pluripatológicos y añosos, a veces cogiditos con pinzas a la vida, que se descompensan solamente con toserles un poco. La medicina no es una ciencia, es un arte. Saber cuándo dejar de hacer (analíticas, tratamientos, desprescripción, no operar…) es el conocimiento más difícil que uno aprende junto a la capacidad de transmitírselo a paciente y familia: la enfermedad no es un error técnico, forma parte de la vida. Y la muerte, que no se nos olvide. Que la gente se muera no es un error médico ni una negligencia, es la consecuencia lógica de vivir. Parece algo bastante racional, pero no siempre lo tenemos presente.

Ser consciente de no saber todavía, es difícil. El sistema no está diseñado para acompañar ese aprendizaje de forma amable. La supervisión es desigual y a menudo el residente funciona más como recurso asistencial que como médico en formación. No se toma en serio tampoco a las personas que hacen parte de ese proceso. Formamos —y nos forman— sin un reconocimiento monetario ni laboral. Quien ofrece la mano tiene la misma recompensa que aquel que se esconde en su consulta y dice aquello de: busca a otro adjunto.

Aun así, incluso en ese escenario imperfecto, la residencia sigue siendo el lugar donde puedes probar qué tipo de médico vas a ser cuando ya nadie te esté mirando. Es en lo pequeño donde se exterioriza: si preguntas o no cuando dudas, si te escondes o te quedas, si eres de los que resuelven o de los que delegan el problema hacia abajo. A veces ser puntual, educada y ofrecer una mano es suficiente.

Quizás por eso los residentes nuevos importan. No porque vayan a cambiar el sistema —no lo van a cambiar aunque piensen que sí, todos hemos estado ahí—, sino porque obligan a los que ya llevan tiempo a mirarse de nuevo. Convivir con la dualidad continua de permitirse ser y endurecerse.

Aquí no hay consejo. Se trata de ser lo mejor que puedas permitirte y encontrarle un sentido. Urgencias, que es ahora mi campo, es esto. La jungla no se organiza, no se ordena y no se suaviza. Cada día es distinto al anterior, caótico y totalmente irrepetible. Saber un poquito de todo, lo suficiente para solventar los 15 minutos más complejos e iniciales de cualquier patología crítica. También un poco de quimicefa y veterinaria. No todos los pacientes nos comunicarán ni sabremos de los cócteles farmacológicos cada vez más complejos que llevan. Y me recuerdo a mí también que está bien dudar y preguntar cuando te pierdes. No hay pregunta tonta cuando hablamos de personas. Quien pregunta algo supuestamente tonto y obtiene una mala contestación no debe sentirse imbécil, pues el único gilipollas es el que responde ofendiendo.

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Soy Adriana

Médica de Urgencias.

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.

Madre de un niño terremoto.

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@cubobinski